El
repentino despertar del sabio le sumió en la duda y el desconcierto. Llevaba
tanto tiempo en aquel estado latente de reflexión y misticismo, que se sentía
entumecido y abrumado ante la realidad, de nuevo expuesta ante sus ojos, de la
que conocía tan poco en ese instante.
Tomando
el cayado que yacía a su vera, se izó el sabio una vez más, para explorar el
mundo, vivirlo y después volver a
meditar. Era el eterno ciclo de su existencia, y con cada nuevo desvelar
descubría y olvidaba a su vez todo lo que cosmos pudiese mostrarle. Creación y
destrucción formaban parte a la par de aquel aprendizaje, por lo que negó todo
cuanto supo, y se preparó para lo que estaba por ver.
Anduvo
mucho tiempo perdido entre los páramos brumosos de aquel terreno, habló con pájaros
y escuchó lo que piedras y cantos pudieron contarle, mas demasiado hacía que el
Hombre los había abandonado, y poco pudieron enseñarle. Se sumergió en heladas
aguas, congeló sus cansados y callosos pies al caminar por la nieve, el cielo
castigó su frágil cuerpo, y los árboles cesaron de darle cobijo. Consternado
por la situación y lo deficiente de su nueva vivencia, se sentó a contemplar el
paraje, intentando buscar algo nuevo, el regalo de lo desconocido.
Fue
en ese entonces cuando percibió el cantar de un extraño ser, que venía desde la
lejanía. El cántico era melódico, lleno de matices suaves y cálidos, como el
roce de un rayo de sol en una fría tarde de otoño. Cantaba a varias voces, que
se mezclaban entre sí con una maestría y coordinación dignas del mejor elogio.
Embelesado por la belleza de tal sonido, dejó llevar sus pasos sin percatarse
de que se alejaba, con la premura del niño expectante, del refugio de los
bosques.
Presa
del hipnótico hechizo de la gracia en su estado más puro, fue adentrándose poco
a poco en la nueva civilización, plagada de ruidos y olores a los que no pudo
prestar la mas mínima atención, tal era la fuerza del encantamiento. A poco
estuvo de morir arrollado por el más extraño de los carruajes, pero ni eso fue
capaz de frenar su inexorable caminar. De esta forma llegó a la fuente del
sonido, lleno de ilusión y deseo.
A
pesar de que lo que encontró no era en absoluto lo que el sabio esperaba ver,
no pudo articular siquiera palabras de descontento o expresar su asombro. Se
trataba de un exótico artilugio de grandes dimensiones, a cuyo frente se
sentaba una niña de tierna edad. Al aproximarse más descubrió que tocaba,
llevada por la pasión, unas teclas blancas y negras que no podían pertenecer más
que al instrumento. La joven, sumida en su propio universo, abrió los ojos y
cesó el balanceo de su cuerpo para fijarse por primera vez en el anciano.
-
¿Quién eres? – quiso saber, inconsciente de ante
quién se hallaba.
El sabio,
quien no había tenido la oportunidad de aprender el nuevo idioma, negó con la
cabeza, sin apartar la vista de las teclas. Señaló torpemente el artilugio, y
después la señaló a ella. Sin embargo, a pesar de la sencillez de tal gesto, la
niña comprendió enseguida y volvió a tocar. Cuando finalizó, alzó la vista y
sonrió ampliamente, pletórica y ruborizada.
El
lento caminar del sabio hacia la niña se le hizo una eternidad. Con parsimonia
y solemnidad se sentó a su lado, y posó suavemente un artrítico dedo sobre una
de las teclas blancas. La niña rió, de forma cantarina y alegre ante el gesto
de admiración del sabio, y se dispuso inocentemente a enseñarle a tocar.
Dio
entonces comienzo a una de las escenas más bellas jamás presenciadas a ojos del
erudito, quien había olvidado todo para poder dejar lugar a aquella sublime
experiencia. Sin necesidad de más comunicación que las propias notas, sabio y
niña intercambiaron melodías y armónicos, silencios y corcheas, pero sobretodo
sonrisas. No obstante cuando la chiquilla se levantó, con pesarosos ojos de
despedida, el sabio rompió a llorar.
-
No temas. Puede que yo me marche ahora, pero la
Música nunca se va. Está en cada uno de nosotros, en la tierra y en el agua, en
la lluvia, el sol, las aves y el viento, no sólo en el piano. Puedes seguir
creando música, donde quiera que estés, aunque no tengas tu instrumento cerca.
Cuando sientas la llamada de la Melodía simplemente déjate llevar, pues no
conoce de límites ni fronteras. El Mundo es tu instrumento, y está ahí para ti
en todo momento. Mientras haya Mundo, habrá Música.
Y con
estas palabras, la niña marchó dejando al sabio atrás. Compungido frente a las
teclas del piano, ya no pudo tocar más, pues notaba que sin la muchacha se
había extinguido en él aquella poderosa fuerza que le impulsaba crear. Sintiendo
que ya nada le quedaba en aquel lugar, volvió cabizbajo y desolado hacia el
lugar en el que había despertado.
Se sentó
allí de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas, percibiendo un inmenso vacío en
su interior. Cerró los ojos, buscando de nuevo el consuelo del Sueño, mas no podía
despejarse lo suficiente como para volver a dormitar. Sentía que aún le quedaba
algo más que hacer en aquella Era: no había explorado tanto como le habría
gustado, o tanto como sabía que hizo en otros tiempos. Pero el momento de
meditar había llegado, y su Lapso se expiraba a un ritmo acelerado. Por primera
vez en toda su historia, no deseaba que llegase ese momento. La ansiedad
comenzó a carcomer su interior, mientras su mente se alejaba lentamente del cuerpo
mortal, en contra de su voluntad. Aún le faltaba algo. Y no se trataba de ningún
lamento relacionado con todo lo que todavía no había visto o experimentado.
En
los últimos instantes de consciencia, el sabio volvió a escuchar, suave como un
murmullo, el rumor de la Naturaleza. Los pájaros piaban a lo lejos, los truenos
rompían el horizonte más allá de donde la vista humana podía vislumbrar, y el siseo
de las aguas le llegó tenue y difuminado. Fue entonces cuando, de improvisto,
todo se reunió en una sola Gran Melodía, acompañándose todos los elementos
entre sí, coordinados, perfectos, hermosos. No quiso partir sin hacer su
pequeña aportación al conjunto, y mientras su corazón se paraba, henchido de felicidad,
tamborileó con los dedos al son del compás del Mundo. Y así fue como el sabio
marchó también, con un solo pensamiento de despedida:
“El
Mundo es mi instrumento, y esta es mi Melodía”